Nadie puede negar que la adolescencia es una etapa complicada. Todos hemos pasado por ella con mayores o menores cambios de humor, enfados con nuestra familia o una rebeldía que no tenía razón de ser.

No obstante, todo esto parece que lo olvidamos en cuanto nuestros propios hijos se encuentran sobrellevando este período tan complicado.

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No podemos tirar la toalla. Es importante entenderlos, ser pacientes, ponernos en su lugar…

Ya hemos pasado por lo mismo por lo que ¿quién mejor que nosotros para no rendirnos y tenderles la mano sin dudarlo?

Formarse sobre adolescencia

Será difícil. Muy complicado. Aunque intentemos ser compresivos, nuestros hijos no nos escucharán. Nos darán la espalda, nos cerrarán las puertas de su corazón.

Sin embargo, aunque parezca que esto no tiene fin, sabemos que tiene una fecha límite. No es cuestión de insistir, tampoco de hacer como que no pasa nada.

Sentimos un amor incondicional por nuestros hijos y debemos mostrárselo. A pesar de que no se quieran comunicar con nosotros, no nos pongamos a la defensiva ni les recriminemos cosas.

Frases del estilo “qué desagradecido eres” o “con todo lo que yo he hecho por ti”, no servirán de nada, sino que acrecentarán su desconfianza hacia nosotros.

A pesar de saber todo esto, el camino se hará muy cuesta arriba. Por eso es importante que nos eduquemos en esta etapa que nosotros ya hemos dejado atrás.

¿Cómo? Con libros que hablen sobre la adolescencia. Existen muchos y muy buenos con los que nos identificaremos y nos sentiremos, algunas veces, aliviados.

Porque, en ocasiones, podemos pensar que somos malos padres o que lo estamos haciendo mal. No obstante, lo que nos faltan son conocimientos, que adquiriremos leyendo e indagando.

Cosas que siempre debemos hacer

Hay una serie de pautas que siempre debemos llevar a cabo, aunque no nos apetezca o nos encontremos dándonos contra un muro constantemente.

La diferencia es que, en este caso, son nuestros hijos los que forman esa barrera infranqueable.

Escojamos nuestras batallas

A veces nos peleamos con nuestros hijos por meras nimiedades, por ejemplo, el deseo de hacerse un tatuaje, teñirse el pelo o ponerse un piercing.

Estas son cuestiones superficiales a las que les prestamos mucha atención mientras desatendemos el verdadero interior de nuestros hijos.

El tabaco, el sexo, el alcohol o las drogas sí son temas ante los que debemos mostrarnos firmes. Pero, ¿en la forma de vestir? Eso ya es discutir por discutir.

Atención a las señales de alarma

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Cuando pensamos que lo que hace nuestro hijo son cosas de la adolescencia y decidimos ignorarlo, también se nos pasan desapercibidas ciertas señales de alarma.

Por ejemplo, una obsesión repentina por la comida, un cambio drástico en la forma de vestir en el momento en que se tiene una pareja, ansiedad sin motivos…

Esto no son tonterías, sino que nuestro hijo podría estar sufriendo algún tipo de trastorno alimenticio, maltrato psicológico por parte de su pareja o bullying.

Supervisar su contacto con las redes sociales

Internet nos ha permitido acceder a una gran variedad de información y también poder comunicarnos con los demás.

Esto no quiere decir que haya que estar encima de nuestro hijo, pero sí debemos controlar un poco su contacto con las redes sociales.

Por ejemplo, el hecho de estar haciendo los deberes con el móvil en la mano no es una buena idea, ni que esté todo el día navegando por internet con fines nada aprovechables.

Perder el tiempo ante una pantalla no es beneficioso y determinará su futuro. Además, hay que tener en cuenta que el maltrato y el bullying se encuentran al orden del día en cuestión de redes sociales.

La autoestima hay que protegerla y en internet corre un gran peligro. Hablemos con nuestros hijos, pongámosles unos límites y hagámosles conscientes de lo que les repercutirá para bien o para mal.

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Recordemos que la adolescencia es una etapa que tiene una fecha señalada para su fin. Así que no nos estresemos ni nos dejemos llevar por aquello que un día también nos afectó a nosotros.

Nuestros hijos nos necesitan. Estemos ahí para ellos, haciéndoles sentir nuestro amor de una forma pacífica y sin discusiones innecesarias de por medio.


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