“Un paseo por el parque es más que una buena manera de pasar la tarde. Es un componente esencial para una buena salud”, asegura Frances Ming Kuo, responsable de la investigación y directora del Laboratorio de Paisaje y Salud, que lleva más de una década estudiando junto con otros investigadores, el efecto de los espacios verdes en los seres humanos. Señalan beneficios como mayor rendimiento y mejor funcionamiento cognitivo, además de potenciar más la auto-disciplina y el control de los impulsos, por lo que proporciona una mejora en la salud mental.

Además de ayudar en lo psíquico y social, el contacto del ser humano con la naturaleza también influye en su bienestar físico; facilita la realización de actividad física, mejora el funcionamiento del sistema inmune, ayuda a los diabéticos a conseguir niveles saludables de glucosa en sangre y mejora el estado de salud funcional y habilidades en la vida de las personas mayores. Sin embargo, en las zonas con escasa o nula existencia de zonas verdes, se demostró que hay mayor tasa de obesidad infantil y enfermedades cardiovasculares.

La investigadora señala que “los estudios no sólo consistieron en confiar en lo que los participantes indicaron sobre los beneficios que tiene para ellos el contacto con la naturaleza, sino que dichos beneficios se midieron, objetivamente, con datos como los de informes sobre delincuencia de la policía, los de análisis de la presión arterial, los del rendimiento en pruebas neurocognitivas estandarizadas o los de mediciones fisiológicas de funcionamiento del sistema inmune”.

Dadas las relaciones entre naturaleza y salud, sería beneficioso que los responsables de trazar la arquitectura de las ciudades tuvieran en cuenta estos datos e incluyeran muchas más zonas verdes de las que se suelen encontrar. Que no se añadan por mera estética o decoración, sino porque se tiene en conocimiento la importancia de que la naturaleza esté presente en nuestro día a día, aunque sea en medio de una industrializada “jungla de cemento”.

 

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