Todos, en algún momento, nos hemos sentido víctimas de las circunstancias. Todo va mal, el mundo parece estar en tu contra y no avanzas. Cuando ocurre esto, quizás, se deba a que has caído en las redes de la autocompasión.

La autocompasión no es nada más que sentir lástima por uno mismo. Un estado en el que te revuelves en lo que te ha hecho sentir tan mal.

Lo peor es que tan solo hacemos esto y no logramos superar las circunstancias.

Las situaciones empiezan a someternos. No les hacemos frente, sino que les permitimos que nos hagan más y más daño.

La autocompasión y el papel de víctima

Desde pequeños hemos aprendido a autocompadecernos, pues ¿cuándo te han enseñado a resolver eficazmente los problemas? Probablemente, nunca.

Aún continuamos enfrentándonos a las situaciones sin técnicas para sobrellevarlas, por lo que todo es siempre una continua prueba y error.

Pero, ¿cómo se desarrolla el papel de víctima? Seguramente, en algún momento, te has sentido identificado con algunos de los siguientes puntos:

  • Ser vulnerable y dependiente: Desde pequeños dependemos de nuestros padres y, según nuestras circunstancias, en ocasiones, de nuestra pareja.

Aprendimos a dejar nuestra felicidad en manos ajenas y esto nos ha hecho vulnerables y víctimas.

  • Contextos donde nos compadecían: Si te decían de pequeño “ay, pobrecito”, “es tan injusto lo que te pasa”, “siempre te pasa algo malo”, esto pudo haber creado que tú también lo hagas hacia ti mismo cuando eres adulto.
  • Haber sido víctimas reales: Los abusos, el acoso, el maltrato físico o psicológico… han podido haber fomentado el papel de víctima posteriormente. Ha sido un impacto muy grande, una experiencia traumática que te acompañará toda la vida.

¿Podrías incluir algún punto a mayores? Sufrir otro tipo de problemas en la infancia, como una estructura familiar inestable, también puede influir en nuestra autocompasión.

Como podemos ver, lo que nos sucede de pequeños nos repercute cuando somos adultos.

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El egoísmo de la autocompasión

Independientemente de lo que haya podido provocar que hoy seas una persona autocompasiva, la realidad es que es injusto para los demás.

La autocompasión evita que pensemos en los demás. Tan solo miramos por nosotros mismos. Vamos hacia nuestros problemas y no levantamos la vista. Ahí lloramos, nos lamentamos, nos quejamos…

En ocasiones, ser autocompasivo provoca que no seamos conscientes de que hemos cometido un error. En cualquier tipo de relación, la persona autocompasiva se verá siempre como una víctima, tenga o no la culpa.

Esto provoca que las personas se alejen de ella, porque se vuelve egoísta y no acepta las realidades de los demás. Solo importa su propio punto de vista, solo ella importa.

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No estás siendo consciente de que, tal vez, seas víctima, sí, pero de ti misma. Te has envuelto en un mar de lágrimas que tú has creado porque, quizás, quieras sentirte así.

Hay personas a las que les “gusta” quejarse y lamentarse por todo. Un hábito negativo adquirido gracias a los increíbles beneficios que obtienen de los demás: atención.

Quiérete más

Has estado en un estado de autoestima tan bajo durante tanto tiempo que te has olvidado de algo muy importante: quererte y valorarte a ti mismo.

No eres víctima de las circunstancias, nada de lo que te ocurre ha venido a ti a propósito. En ocasiones, cometemos errores y todo sale mal, ¡es normal! No obstante, los errores nos permiten aprender.

Otras veces, simplemente las cosas suceden. Una enfermedad, problemas económicos, que nos echen del trabajo… Hay circunstancias que no podemos controlar.

Esto no significa que seamos víctimas, pues ser víctima es como yo me quiero sentir.

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Puedes cambiar tu estado, si quieres. Tan solo debes ser valiente, plantarte frente al problema que te acucia, ¡y enfrentarlo! Tienes miedo y sentirte una víctima, autocompadecerte, es mucho más sencillo, pero también más cobarde.

¿Te ha molestado alguna vez que hayan sentido pena por ti? Entonces pregúntate por qué razón no te molesta sentir pena por ti mismo.

Tienes en tus manos el poder de caminar hacia adelante, pero te mantienes anclado en un limbo. Crece deshaciéndote de la autocompasión.

A veces, no somos víctimas de nada ni de nadie, solo de nosotros mismos.


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