Stuttgart, Copenhague, París, Ciudad de México, Buenos Aires, Barcelona o Madrid son una pequeña muestra de las ciudades que, en mayor o menor medida, han apostado por las cubiertas verdes. La cons­trucción de techos ajardinados en los edificios empezó siendo una quimera pero ahora va camino de ser un hecho común en algunas ciudades.

Las cubiertas ajardinadas, techos verdes o azoteas verdes contrarrestan la pérdida constante y continua de espacios naturales en las ciudades y dan un uso a millones de metros cuadrados desaprovechados. Los beneficios que aportan al medio ambiente y a los propietarios de la finca son innegables.

Cumplen la función de aislamiento térmico [la cubierta no supera los 35 grados en verano], alargan la vida de la impermeabilización, retienen gran parte del agua de las precipitaciones, minimizan la contaminación atmosférica y acústica, y reducen el efecto isla de calor.

Stuttgart (Alemania) ha logrado bajar de dos a tres grados la temperatura con el consiguiente “ahorro brutal”. Claro que en algunas urbes del país alemán a los propietarios se les hace un descuento en la factura del agua —porque el 50% se la lluvia que cae queda en las cubiertas y pueden hacer tuberías más pequeñas—. En otras, a los promotores se les gratifica con 50 metros cuadrados de edificación.

Además, estos tejados “provocan un efecto toldo que reduce el gasto en climatización hasta en un 30%, además de absorber las ondas sonoras reduciendo considerablemente el ruido medioambiental.

Casi todas las cubiertas se pueden ajardinar, incluyendo aquellas con zonas de sombra, con baja capacidad de carga, las de edificios altos o con acceso limitado. Y se puede tener una cubierta verde con hasta 45 grados de pendiente. La cobertura de vegetación puede ser total o parcial. Además, los sistemas existentes permiten alternar espacios con vegetación y zonas pavimentadas, de descanso, con mobiliario, pérgolas o huerto.

Ahora bien, siempre requieren ingeniería especializada, un buen diseño y el estudio previo de un técnico. “Desgracia­damente abundan ejemplos tanto de mala elección de materiales como de deficientes soluciones téc­nicas aplicadas en los edificios con el consecuente fracaso.


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